Museo de la soledad - Carlos Castán

Museo de la soledad - Carlos CastánLlevaba un tiempo queriendo conseguir algún libro de Carlos Castán desde que leí sobre su obra en algún blog cuyo nombre, por desgracia, no recuerdo. Cuando hace poco me enteré de que su segundo libro de relatos, “Museo de la soledad”, había sido reeditado, lo consideré una oportunidad; la entrevista que Miguel Ãngel Muñoz le hizo en su blog me reafirmó en la idea. Y debería haber aprendido ya, después de años y años de lecturas, que hay que tener las esperanzas bien amarradas, porque no suelen dar muchas satisfacciones cuando de lo que se trata es de los primeros acercamientos a autores desconocidos; uno, al fin y al cabo, se arriesga muy a menudo, pero casi siempre sale perdiendo.
Con Castán ese fracaso ha sido doloroso por partida doble: primero, porque (ingenuamente) me había creado expectativas que no han sido satisfechas; segundo, porque es un escritor muy bueno, con un dominio del arte narrativo exquisito, con dotes evidentes para eso de la literatura. Es evidente que el segundo motivo hace que el primero duela mucho más, porque “Museo de la soledad” tiene algunos cuentos buenos, incluso muy buenos, pero la mayoría se pierde por una querencia incomprensible por parte de Castán al sentimentalismo más ramplón.
Abrir el libro y encontrarse con ‘Viaje de regreso’ y ‘Casi marino’ casi consiguió que abandonase la lectura nada más comenzar. Ambas historias parecen salidas de la pluma de cualquier jovenzuelo aspirante a escritor, loco de bohemia y arte y embriagado con el sonido de sus propios adjetivos. El encuentro del viajero del primer cuento con su pasado en forma de mujer es inocente, obvio y cargado de tópicos (el estudiante tímido e inconformista, la chica guapa y comprometida, el novio macarra y guaperas…), con un final sorpresa que apenas enmienda el desaguisado de afrontar la lectura de un folletín radiofónico pasado de moda. ‘Casi marino’ nos presenta una historia de amor atiborrada, de nuevo, de lugares comunes (la mujer solitaria, el hombre misterioso), con un desarrollo que hubiera podido ser interesante si no fuera porque la voz del protagonista, justo la que se debe descifrar —llenando el hueco que la narración de la mujer deja—, aparece de repente quitando cualquier aliciente a la historia y arrebatando al lector su posición privilegiada: la de intérprete. Un error pueril como pocos y que, como decía, casi me quitó las ganas de seguir adelante, si no fuera porque el estilo de Castán me pareció muy sugerente: al contrario que sus tramas, es seductor, vibrante, con metáforas originales y un lenguaje arriesgado y lleno de imágenes brillantes.
Una pena que la obsesión temática del libro lo eche a perder, al recurrir de forma insistente a la sentimentalidad inocente que termina por cauterizar cualquier atisbo de empatía que pueda sentir el lector. Apenas un par de relatos se salvan de esa tendencia: ‘El aroma de lo oscuro’, por lo inusual de su contenido dentro del orden general del libro (un relato con cierta atmósfera de horror); ‘Cenizas en los labios’, que acomete con brillantez una meditación sobre la soledad del creador, con reminiscencias Pessoanas; y el que para uno es el mejor cuento de todo el volumen, ‘De la suerte y de las cosas’, que cayendo también en ciertos defectos ya mencionados (una sensiblería edulcorada y peligrosa), trata con una serena honradez los amores de juventud, los ideales perdidos y la primera asunción de esa derrota continua que nos empeñamos en llamar «vida». Si bien Castán lo escribe desde una perspectiva casi sesentayochista, los argumentos y los personajes son muy creíbles, y sí que consiguen esa comunión —indispensable— con el lector.
El resto de las piezas del libro se enfangan en la plasmación de amores rotos y sentimientos traicionados, con un estilo que roza, en ocasiones, la novela rosa más acaramelada. Algunas, como ‘Con sangre entra’, se separan de la línea temática y tienen cierta hondura, debido, como dije, a la calidad del escritor; otras, como ‘Silencio tan de Silvia’, eluden la sensiblería y crean retratos más o menos verosímiles de las relaciones humanas (el primer amor, en este caso).
Muchas veces termina uno las reseñas tratando de «salvar» el libro, de remarcar las partes valiosas y soslayar las fallidas; no creo que todas las obras tengan algo que ofrecer, pero sí valoro el esfuerzo de los autores y no suelo ser severo. Con Castán no voy a hacer el esfuerzo de ensalzar lo bueno frente a lo malo: puedo decir de corazón que me ha parecido una tomadura de pelo el que se quiera hacerlo pasar (y se consiga, con la anuencia de críticos y editores) por un escritor serio que habla sobre un «universo avasallador y a menudo insoportable [que] nos deja temblando, al límite del precipicio, doloridos» (palabra de Antón Castro, en ABC) y que firma «relatos [que] son verdaderas medicinas para el alma» (Francisco Giménez García en Turia). Como casi toda la literatura española de los últimos veinte o treinta años, Carlos Castán se recrea en la sentimentalidad más fácil y melosa, disfrazando la vacuidad absoluta de su propuesta con unos ropajes estilísticos brillantes (al César lo que es del César) y una apuesta temática repetitiva, burda y ramplona. Y da igual que en lugar de las consabidas novelas sobre corazones helados o blancos se concentre en el tan querido por muchos género del relato breve, que tampoco ha conseguido llegar (en este país) a ningún tipo de meta superior o más encomiable, porque el resultado es el mismo. Quizá vaya siendo hora de que los autores dejen de mirar hacia dentro (por no decir «hacia su ombligo») y se dediquen a percibir lo que ocurre a su alrededor; las miserias humanas no se dan sólo en el corazón de las personas: desgraciadamente, ocurren todos los días en este mundo, y alguien debería comenzar a narrarlas. Algo, por cierto, que se puede hacer con estilo, con honradez y mediante relatos, como se verá el próximo viernes.

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