El principito - Antoine de Saint-Exupéry

El principito - Antoine de Saint-Exup�ry Siempre es difícil escribir una opinión de obras de la magnitud de “El Principito”. Parece tal vez que la palabra ‘magnitud’ es demasiado grande para esta delicada obra. Tal vez sea, simplemente, que es una palabra que el pequeño príncipe no usaría jamás. Pero la triste realidad es que en este mundo todo se tasa y se mide.
Antoine de Saint-Exupéry escribió un libro que, bajo la apariencia de un libro infantil, oculta las verdades esenciales de la vida. O mejor, las verdades ideales de la vida, pues no conozco a nadie que viva según los postulados del libro. Luego la verdad esencial de la vida es el egoísmo, la maldad, el cinismo y un largo etcétera. Lo siento, Jorplane.
Como decía, el libro se disfraza bajo la apariencia de un cuento infantil: un aviador perdido en el desierto se topa con un pequeño príncipe venido de otro planeta, y en los días que pasan juntos se entera de sus andanzas en su planeta y en los vecinos, así como de su llegada a la Tierra y sus experiencias en ésta.
Esta historia, a los ojos de un niño, resulta muy atractiva. Recuerdo que, de niña, no entendía por qué el pequeño quiso irse de su planeta, que a mí me resultaba encantador con sus volcanes, su rosa y sus baobab.
Sólo al releer la historia siendo ya adulta (jaja), entiende una el mensaje que subyace en cada una de las pequeñas historias que componen el libro: la historia de amor desencontrado entre el Principito y la arrogante rosa. La sensación de que hay vidas dedicadas al absurdo, como la del hombre que cuenta las estrellas o la del farolero, y que la diferencia radica en si se es o no consciente de ese absurdo. Hay incluso una crítica hacía la trepidante vida moderna, en los trenes que pasan a toda velocidad llenos de gente que no sabe adónde va, pero que necesita ir deprisa.
Creo que este libro resume en sus 70 páginas todo lo que autores como Paulo Coelho o Deepak Chopra pretenden enseñar en sus libros, vomitivos por lo edulcorados y lo llenos de lugares comunes.
Pero Saint-Exupéry supo hacerlo, no sólo de forma breve, sino también de forma original y delicada. Será que fue una de las pocas personas que verdaderamente saben mirar con los ojos del corazón.


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