El uno más uno
Como un base sin escolta,
un tirador sin cazoleta, un delantero sin balón
en la estepa horizontal del centro del campo,
un nadador de larga distancia en medio del desierto, como
un
maratoniano en un naufragio,
Fernando Alonso con un volante de la seguridad social,
todas las chicas del equipo de gimnasia
en un concurso de perritos calientes;
Creus contra Tkachenko,
Zoetemelk contra Hinault,
España contra Yugoslavia en Belgrado,
un barquito de papel en un inodoro que se llena de agua,
como una árbitro el dÃa de su boda, toda de blanco
como un juez de lÃnea apátrida
que ha perdido tu bandera en una tángana
y no sabe ya si es linier, trencilla o carrilero,
como un putter abandonado en un bunker,
una liebre coja en el paÃs de los galgos,
un tres cuartos en una melé,
un tres cuartos con un balón esférico y defendiendo en zona
un cancerbero manco.
Como un poeta que juega a cualquier cosa
que no tenga palabras.
Como el de Tom Simpson cerca de la cima del Mont Ventoux,
asÃ
mi corazón sin tu marcaje al hombre:
una llama olÃmpica atropellada por la tormenta.
Escrito por el_hombre_que a las 10:07 
En sus zapatos
(Tribuna Universitaria, 10nov08)
Qué vivirá aquel que mis pasos se ha acomodado en los zapatos. En ocasiones me lo pregunto. Qué se quedará pensando cuando las primeras gotas del otoño desordenen el orden mundial establecido y bajo los pies (sus pies que eran mis pies) las megalópolis y los organismos públicos huelan a agua y a alcantarillas que no hacen bien su trabajo. Quién sabe. Sólo me gusta imaginar que mirará a derecha e izquierda en las calles estrechas y, sintiéndose solitario, comenzará a silabear mi canción preferida o este mismo lunes de trapo.
Qué contará a las paredes de las habitaciones vacÃas. Donde nuestra filosofÃa se resume. Donde columpiamos la voz en el espejo y hablamos las verdades en alto: en las habitaciones vacÃas, en las carreteras secundarias con una mano en el volante y la otra en la palanca de cambios, en los velatorios cuando sólo quedamos solos frente al difunto. Nuestra filosofÃa entonces, y yo no tengo idea de qué se dirá el tipo que mi lengua se ha arrogado a sus palabras.
Ni qué sueños tendrá en vez de mis sueños, aquellos sueños infantiles de plusmarquista olÃmpico de los cuatrocientos metros vallas. Si será ambicioso, y me buscará la trigésima planta de un edificio acristalado de nueva construcción, o si será ambicioso, como yo, y conservará el lugar al final de la barra donde se reparten las sonrisas. Si estará a gusto con los recuerdos, mis recuerdos, los guardados en la era anterior a la era digital en el color de las fotografÃas en blanco y negro.
Incluso, ¿me estará siendo fiel? Me da por pensar que no, que quizá las noches menos cantadas terminará abandonando mi cuerpo en amaneceres corales, y luego no lo recuperará hasta el final de la resaca.
Porque no sé siquiera qué estará desayunando, te digo curioso mientras miro al techo. SÃ, ahora mismo, en esta histórica mañana de lunes en la que a ti y a mà los sietes nos atraviesan el edredón que no termina de abrirse. Qué estará desayunando aquel que mis pasos se ha acomodado en los zapatos, aquel al que se los he regalado todos porque no me servirán a partir de ahora. Ahora que me he pespunteado a tus hechuras como el guante a la mano, que me he grapado a tus haberes con la fuerza de la amnesia y he olvidado cómo soltarme. Qué estaré haciendo yo, mi otro yo, la parte de mà que está en la calle, ahora que yo mismo he renunciado para siempre a salir afuera a vivir mi propia vida y la he cambiado por morir la tuya entera en esta cama infinita...
Escrito por el_hombre_que a las 10:01 
Los dÃas de verano con lluvia
Las columnas del periódico pasan a ser quincenales, asà que a partir de ahora un lunes de cada dos publicaré aquÃ...cualquier otra cosa. Hoy, Los dÃas de verano con lluvia.
Los dÃas de verano con lluvia tienen la inmunidad de los diplomáticos de alto nivel, el sueño profundo de las especies protegidas, la extraordinariedad de los estados de excepción y su misma clandestinidad, esa capacidad para pasar de boca en boca abierta que sólo han heredado entre los mortales los representantes de las revistas más amarillas y los colores, sobre todo el rojo y el verde. Porque hay pocas cosas tan sorprendentemente agradables como una ducha natural en las últimas entradas de agosto. Quizá la derrota sangrante de cualquier potencia occidental en el estadio de San Marino, con un gol en el último minuto, quizá la aparición de una poesÃa en la primera página de un periódico de tripas corazón, quizá las tres primeras cifras del Gordo de Navidad, que coinciden con el boleto que sostienes en las temblorosas manos.
Estas pequeñas gotas que nos atraviesan ahora el final de agosto tienen tantos padres como los huérfanos que salen en la televisión a la hora de comer. Son refugiadas polÃticas, que vienen huyendo del hostigamiento que sufren a manos del calor de la vertiente más oriental de la Europa desarrollada, que vienen de luchar contra los cuarenta grados a la sombra para no quedar secas en cualquier punto de la estratosfera.
Por eso caen sobre las aceras con una mezcla de dureza y suavidad. Se arrojan sobre los transeúntes con la necesidad de quedar grabadas en su epidermis, pero también con el cansancio de quien sabe que su trabajo ha terminado.
Asà que ahora calla. Guardemos un momento de silencio. Fuera está lloviendo y estos son los quince minutos de gloria de esta tormenta de verano. Déjate la soberbia en el armario y hagamos el amor con la ventana abierta. Dentro de unos dÃas, cuando llegue el otoño, ni siquiera nos daremos cuenta de que nos está mojando.
Escrito por el_hombre_que a las 10:01 
Hablar por hablar
(
Tribuna Universitaria, 27oct07)
Ya hablé una vez de las flores. No me gustan las flores. Me dan alergia desde que tenÃa seis años. La misma alergia que los tipos que sonrÃen demasiado, la impresión de que dentro de un tiempo, a la vuelta de cualquier escena del invierno, van a llegar a tu puerta con un cuchillo en una mano y las facturas de la vida en la otra, dispuestos a preguntarte cómo dejar de marchitarse.
Ya hablé en algún sitio del deporte. De que ocupa en los telediarios el mismo espacio que la polÃtica, y de que ambos dejan un regusto similar en el fondo de la garganta, precisamente en esa parte, al principio de la laringe, en la que nacen los escupitajos. Consideremos que, junto a la cocaÃna y los conductores borrachos, correr mil metros seguidos es la única maldita cosa en este mundo que me podrÃa hacer caer desplomado de una única toma. Como para no tenerle miedo.
Ya hablé de la alegrÃa, un dÃa en el hipódromo. La alegrÃa, le dije a un gordo a mi lado que acababa de ganarse un sobresueldo con un petardazo, la alegrÃa es como el número siete, ¿lo ve? El de las anteojeras. Hay que sujetarle la vista en el frente y tapar lo que se mueve a su alrededor para que corra algo. Si se le deja girar los ojos a derecha e izquierda, la alegrÃa se dispersa en un galope estúpido o, simplemente, se para del susto en mitad de la contrarrecta.
Ya hablé de los abrazos, y de la particular repulsión que me produce tener otro cuerpo tan pegado al mÃo. Esto quizá sea personal, exclusivo. Los hay que fuman y te lo echan a la cara. Yo ni siquiera me molesto en acercarme para eso.
Pero chico, es verla aparecer por mi calle corriendo, con el vestido para el que estuvo ahorrando el mes pasado, y ver la sonrisa que me despacha cuando saco del bolsillo, medio arrugada, la rosa de palo que le he comprado al chino de la esquina, y me entran todas las ganas del mundo de fundirme el otoño en sus costillas.
Escrito por el_hombre_que a las 10:01 