Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con nombres que comienzan o contienen una "y griega". Nacidos en la Cuba de los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que arrastran sus "y griegas" a que me lean y me escriban.


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Un muchacho se me acerca para preguntar si soy “Yoani”. Me extiende una mano sudada y fría. Tengo miedo que venga a darme el primer bofetón, pero sólo apunta “Ojalá que seas verdad. ¡Porque ya hemos visto tanto!”. Me dan ganas de seguirlo y de mostrarle mi ombligo. No hay mayor prueba de que uno existe y de que es “verdad”, que un ombligo anudado en el abdomen. Se va y deja todo el peso de su duda y de su fe sobre mí –esto último es lo que más me asusta–. No me da tiempo a advertirle que no pretendo fundar ningún credo, por tanto sus incertidumbres me dejan más aliviada que su posible convencimiento.

Si el muchacho de la mano fría y las frases breves leyera este post, quiero indicarle que no puedo salvarlo. No soy yo a quien deba cargarle la responsabilidad que deberíamos llevar juntos. Yo también he visto tanto… gente que aplaude y que después delata; manos que palmean el hombro y finalmente empujan; gritos de vivas que se transmutan en susurros de odio… Sin embargo, yo no tengo que saber quién es él para estar segura de que compartimos dudas, sueños, culpas.

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Una pionerita grita consignas en el matutino de su escuela. El color enrojecido de la cara y una vena latiéndole en la frente reafirman sus exclamaciones. Entre las frases que repite, hay una metáfora pavorosa: “primero se hundirá la isla en el mar, antes que renunciar a la gloria que se ha vivido”. En el mural de un CDR unas palabras ocupan toda la parte superior: “Si avanzo sígueme, si me detengo empújame, si retrocedo mátame”. Otro tanto mostró el periódico este sábado, cuando el Máximo Líder publicó en una de sus reflexiones:  “después de las vidas ofrendadas y tanto sacrificio defendiendo la soberanía y la justicia, no se le puede ofrecer a Cuba en la otra orilla el capitalismo”.

Numancia vuelve a mi memoria y me resisto al tremendismo que ella implica. Ya me creí esa historia alguna vez, cuando de niña corría al refugio bajo la sirena presagiando una invasión que nunca llegó. La plataforma insular no colapsará –lamento darles esa noticia a los heraldos de la debacle– porque tengamos un gobierno u otro, un sistema de tal tipo o de más cual. Los árboles no se inmutarán, las piedras que vieron extinguirse a los indígenas no cambiarán de lugar y probablemente ni el propio mar se dará cuenta. Así que, por favor, no me asusten con cataclismos ni apocalipsis. Ya estoy muy grandecita para eso.

Todo esto pasará, ya está pasando. Numancia sólo ocurrirá en la mente de algunos, en la de otros el futuro será más largo que lo dejado atrás.

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Días atrás, cuando me enteré que Generación Y estaba finalista en los premios bitácoras.com, escribí una carta a los organizadores del evento. He sabido hoy del premio otorgado por el jurado y las líneas escritas aquel martes son adecuadas para celebrar el triunfo:

Llegue o no llegue, gane o no gane, me siento como el corredor minusválido* que logra alcanzar la meta, aunque lo haga después que todos pasen el banderín. En mi caso, la clave no está en haberme ido por delante, sino en vencer mis propios demonios que me han dicho tantas veces “Deja la carrera”, “No vale la pena”, “No puedes hacer nada”.

Pues sí amigos, hemos pasado la línea. Yo arrastrándome, ustedes dando ánimo y algunos con sus insultos como incentivo. Lástima que el estadio esté medio vacío, pues faltan los que no pueden acceder al sitio dentro de Cuba. A ellos, para que emprendan sus propios maratones, va consagrado este premio.

* Aclaro que el minusválido no está compitiendo en los juegos paralímpicos, sino con otros que sí tienen todos sus miembros disponibles.

Para relajar un poquito, porque veo que el blog se está cayendo por la pendiente del drama, les pongo un video clip que hizo Orlando Luís Pardo. Se trata de una canción del cantautor polaco ruso Vladimir Vyssotsky. El integrante de Porno para Ricardo, Ciro García hizo una versión que es –junto con las imágenes de Orlando- para cortarse las venas. Por favor, no desangrarse en el blog sería recomendable.

Un abrazote a todos y disfruten del tema “Los barcos”. Si quieren saber más de este proyecto de Ciro, visiten el sitio La Babosa Azul.

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Mi madre iba con el bulto de ropa hacia el lavadero de cemento, donde el cepillo y el jabón  blanquearían las camisas y desempercudirían los pantalones. La alarma se extendía sobre mi hermana y yo, al ver peligrar a las ingenuas hormigas que transitaban bajo la pila aún cerrada. Comenzaba entonces la carrera para salvar parte del imprudente hormiguero, ajeno al exterminio que mi mamá provocaría con el agua y la espuma. Niñas un tanto locas, dirían los vecinos, al vernos recuperar los minúsculos insectos que ellos ni percibían sobre el cemento gris.

Con el tiempo y miles de hormigas que no he podido salvar de la debacle, comprendí que lo nimio siempre está en peligro de ser barrido. Las revoluciones y las guerras arrasan con lo pequeño; con todo aquello que no aparece en las estadísticas ni en los grandes libros de historia. Las diminutas cosas que dan cuerpo y vida a una sociedad perecen cuando se abre la pila de los cambios violentos y de los conflictos bélicos.

El sabor de una fruta perdida en la memoria, una tarde en el contén del barrio hablando a máscara quitada, un ternero trotando en el campo sin temor a ser sacrificado ilegalmente, una limonada fría que no te ha costado una hora de cola. Todo eso forma parte también del hormiguero, aunque esas “lavanderas” que quieren limpiar y sacudir un país, crean que son antojos de minúsculos bichos.

Sigo siendo aquella niña temerosa de los que quieren cambiarlo todo, con recelo de los que proponen dar cepillo a las estructuras tradicionales. Me fío más de la pequeñez de las hormigas, de su constante caminar y de su lenta posesión de los espacios.  Ellas, que aún son barridas por los chorros de agua, un día cerrarán por sí mismas las pilas.

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Un cubo en una mano, la almohada bajo la axila y el ventilador apoyado en el hueso de la cadera. Entro por la puerta del hospital oncológico y la mochila que me sobresale sobre el hombro no deja ver mi rostro al custodio. Poco le importa, pues el hombre está  acostumbrado a que las familias de los pacientes deben llevarlo todo, así que mi barroca estructura de aspas, cubo y fundas, no lo inmuta.  Él no lo sabe todavía, pero en una bolsa que me cuelga de algún lado le he traído un pan con tortilla, para que me deje quedarme fuera del horario de visita.

Llego a la sala y Mónica sostiene la mano de su madre, cuyo rostro está cada vez más demacrado. Tiene cáncer en el esófago y ya hay poco que hacer, aunque la señora aún no lo sabe. Nunca he entendido esa negativa de los médicos a informarle a uno –directamente– cuán poco tiempo queda para el final; pero respeto la decisión de la familia, aunque no me sumo a la mentira de que pronto estará bien.

La sala tiene una luz tenue y en el aire se huele el dolor. Comienzo a desempaquetar lo que he traído. Saco la bolsita de detergente y el aromatizante con los que limpiaré el baño, cuyo “aroma” lo inunda todo. Con el cubo podremos bañar a la señora y descargar la taza, pues la válvula de agua no le funciona. Para el gran fregado traje un par de guantes amarillos, temerosa de los gérmenes que puede pescar en aquel hospital. Mónica me conmina a seguir desempacando y extraigo la cantina de la comida y un purecito especial para la enferma. La almohada ha venido de maravilla y el juego de sábanas limpias logra tapar el colchón, manchado con sucesivos efluvios.

Lo mejor recibido es el ventilador, que conecto a dos cables pelados que asoman desde la pared. Sigo desembalando y llego a la jabita con los materiales médicos. He conseguido unas agujas adecuadas para el suero, pues la que tiene en el brazo es muy gruesa y le produce dolor. También compré algo de gasa y algodón en el mercado negro. Lo más difícil –que me ha costado días e increíbles canjes– es el hilo de sutura para la cirugía que le harán mañana. Le traje además una caja de jeringuillas desechables, pues puso el grito en el cielo cuando vio a la enfermera con una de cristal.

Para la distracción, he cargado con una radio y a una paciente cercana le han traído un televisor. Mi amiga y su mamá podrán ver entonces la novela, mientras yo busco al médico y le entrego un regalo enviado por el esposo de la enferma. Al llegar la hora de dormir, una cucaracha atraviesa la pared cercana a la cama y me acuerdo que también traje un spray contra insectos. En la mochila todavía me quedan algunas medicinas y un regalito para la muchacha del laboratorio. El dinero lo tengo en el bolsillo, pues las ambulancias son para casos muy críticos y cuando la envíen –desahuciada– a casa, tendremos que tomar un Panataxi.

Frente a nuestra cama hay una viejita que se come la sopa aguada que le ha dado el personal del hospital. Alrededor de su cama no hay ningún bolso traído por la familia y no tiene almohada para apoyar la cabeza. Pongo el ventilador de una forma que  ella también reciba el fresco y le hablo sobre la llegada de otro huracán. Sin que se dé cuenta toco la madera del marco de la puerta, no sé muy bien si para expulsar el miedo a la enfermedad o el espanto ante las condiciones del hospital. Una mujer pasa gritando que vende panes con jamón para los acompañantes y yo me encierro en el baño, que huele a jazmines después de mi limpieza.

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En la línea de que los nombres revelen poco o nada del alma de las cosas, se inscribe el huracán Paloma. Su temido vuelo -categoría cuatro- tiene más de carroñero en pos del animal herido que de blanco aleteo. A los ciclones le cuelgan calificativos tiernos que después vienen a engrosar el vocabulario de lo desastroso. Se van y nos dejan con nombres como Iván, Charlie, Denis o Gustav para con ellos designar aquello que nos parezca igual de destructivo. De ahí que nuestros políticos -y sus arrasadores planes económicos- han sido llamados como una tormenta tropical o como el huracán fuerza cinco que se llevó tantas casas.
Pero hoy el sarcasmo onomástico es más cruel. Paloma revoletea sobre una Isla herida, hinca su pico en regiones que todavía muestran las llagas dejadas por los huracanes de agosto y septiembre. Tiene el cuello pelado de las auras tiñosas –endémicas como el absurdo- y la negrura de sus plumas no presagia nada bueno.

A la naturaleza  es mejor no tratar de entenderla. Ella tiene su caos y su lógica. A nosotros nos ha tocado por el momento su desconcierto, su locura. Paloma pasará, dejándonos la Isla en el mismo lugar, la destrucción un tanto más profunda que hoy y los sueños, mucho más lejanos.

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Las ilusorias soluciones que una vez se hicieron llamar “zafra de los diez millones”, “cordón de La Habana” o “Plan alimentario” se han trasmutado hoy en otras utopías como Revolución Energética, perfeccionamiento empresarial, petróleo en las aguas del Golfo o exportación de capital humano.  A todas las recorre el mismo infantil delirio de querer curar con una sola medicina la agonizante salud de la economía cubana.

Recuerdo un montón de esas  fracasadas quimeras, pero fue la de eliminar la hambruna cultivando plátano microjet la que viví con especial intensidad. Estaba yo en un preuniversitario en el campo llamado República Popular de Rumania, aunque a las alturas de 1991 ya Ceausescu y Elena habían sido ejecutados. Trabajaba en los platanales circundantes, que nos servían también como motel para el amor y excusado más limpio que el del albergue. En los surcos, miles de pequeñas mangueras –de ahí el nombre de microjet- atomizaban agua todo el tiempo. Las plantas daban unos frutos enormes y sosos, cuyas cáscaras estallaban por el desproporcionado crecimiento del interior. En nuestros platos, aquel aguado manjar no podía sosegarnos el hambre, como tampoco pudo sacar al país de la crisis.

Después de los huracanes, ha aparecido un nuevo espejismo al estilo de los mojados plátanos de mi adolescencia. Lo llaman con el eufemismo de “cultivos de ciclo corto” y propone priorizar la siembra de cebollinos, ajos porros y acelgas a la de otros cultivos que necesitan más tiempo y cuidados. Con esa estrategia agrícola se pretende llenar apresuradamente las desoladas tarimas de los mercados y tranquilizar a la irritada población cubana. Todos los dientes que preferirían hincar una yuca en lugar de una hoja de orégano, tendrán que conformarse entonces con estos frutos de la inmediatez.

Tengo el temor que esta medida temporal se vuelva crónica y la caprichosa piña -que necesita meses entre su siembra y el momento de consumirla- sea sustituida por tres ciclos de col china. Discúlpenme la desconfianza, pero el amplio catálogo de los desastres económicos y agrícolas no me permite creer que esta vez sí darán en el clavo.

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La calle no es la misma ni las vecinas –normalmente chachareando en las colas de los mercados– hablan hoy de los temas de siempre. Levantan las cejas y señalan hacia el Norte, mientras hacen vaticinios sobre quién saldrá electo en las urnas norteamericanas. No recuerdo haber vivido una algarabía así alrededor de las elecciones presidenciales cubanas de febrero pasado.

El zapatero de mi edificio ya tomó partido por un candidato y la viejita que vende flores tiene colgado en la blusa un sello de Obama. Nuestra aburrida trayectoria de dos presidentes en cincuenta años nos exacerba  la curiosidad hacia las elecciones foráneas. También sabemos que la decisión de los votantes estadunidenses repercutirá aquí adentro y no tan metafóricamente como el aleteo de una mariposa en el Amazonas. Las remesas que permiten a miles de familias cubanas llegar a fin de mes vienen fundamentalmente de la otra orilla, donde habita una porción de esta Isla que los insultos de “gusanos”, “vendepatrias” y “mafiosos” no han logrado excluir de nuestros vínculos emocionales y familiares. El propio discurso político de nuestros gobernantes perdería eficacia sin colocar a los Estados Unidos en el papel del enemigo. Nunca como hoy el destino de Cuba ha estado tan aparentemente separado y, sin embargo, tan dependiente de lo que ocurra a noventa millas
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Así que todos estamos expectantes de quién saldrá ganador este martes 4 de noviembre. Los que tienen hijos que sólo pueden venir a visitarlos cada tres años, confían en que el candidato demócrata flexibilizará los viajes a la Isla. Otros apuestan a que la mano dura de los republicanos logrará forzar las aperturas que hemos esperado por décadas. Ante el pronóstico reservado que muestra el interior de nuestro país, hay quienes aseguran que el resultado de hoy pondrá en marcha o descarrilará –definitivamente– el carro de las reformas en Cuba.

Yo preferiría que lo empujáramos nosotros mismos, pero muy pocos quieren cambiar la labor de profeta por la ardua tarea de hacer que las cosas ocurran. Hasta la hora que escribo este post, el caprichoso vehículo de los cambios parece estar  varado al borde de la calle. Tengo mis dudas de si lo acontecido este martes lo impulsará a moverse.

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Contracorriente de la escondedera y la simulación, algunos bloggers alternativos hemos puesto nuestro  documento de identidad junto a los textos que escribimos. En medio de tanta máscara auto impuesta, enseñar el carnet me recuerda al exhibicionista que se abre el abrigo, aunque todos sepan lo que lleva adentro.

Mi huella dactilar, mis dos apellidos y hasta el nombre de mis padres aparecen en la cartulina azulada que da fe de mi existencia. Para evitar que los policías se desgasten diciéndome “identifíquese ciudadana”, doy por adelantado las señas de mi vida. Lo ha hecho también Claudia en su ecléctico blog Octavo Cerco, Lía en sus arranques de Habanemia y algunos otros que revelan sus datos para espantar el miedo.

Quién sabe si logremos contagiar a los trolls que, amparados en el anonimato, intentan colapsar nuestros sitios con insultos. Es poco probable, sin embargo,  que la fiebre de identificarse llegue hasta quienes tienen como oficio no dar la cara. A esos “anónimos muchachos” quiero mostrarles que al abrirme el abrigo soy algo más que el 75090424130, un documento envuelto en plástico y un pulgar manchado de tinta que se pega al papel.